En esta sección encontrarás testimonios de jóvenes del Colegio San Agustín, promoción 2011 que participaron en el Servicio Social Agustiniano, realizado en Febrero del 2011. La promoción fue dividida en 7 campamentos distribuidos en zonas necesitadas de la región de Bocas del Toro, Panamá.
En cada campamento hubo proyectos para aportar un granito de arena en la mejora del estilo de vida de las personas de las poblaciones. Aquí les dejo algunos testimonios de los creadores de este blog en sus respectivos campamentos.
Carenero
Jenny Aviles
En mi experiencia, me toco el campamento de Carenero. Trabajábamos en la Isla Carenero y dormíamos en Isla Colon. El proyecto a realizar fue una cerca para la iglesia de la comunidad.Fue difícil trabajar en la isla. La tierra no era como esperábamos, llovía todos los días y eso atrazaba el trabajo. Era divertido ir a buscar la comida por que tenías que caminar por lo menos medio kilometro a buscarla. Y al traer la comida, como mis compañeros dejabamos todo el trabajo para comer.
Tuve la oportunidad de compartir con mis compañeros: Lyan, Arturo, Johana, Ricardo, Abhy, Cesar, Alexandra, Marisabel, Rodolfo, Alejandra, Carlos, Ivonne, Kristopher y Anel; y con mis profesores Arles y Francisco. Trabajamos por un lapso de 2 semanas, tuvimos que aprender a convivir juntos lo cual no fue difícil. Me gusto mucho que quedáramos todos juntos ya que al finalizar todo y ver como conviven otras personas supe que somos muy unidos.
Vimos como ellos conviven sin tener mucho dinero y como son tan felices, me emociono el ver como ellos se divertían en el lugar donde trabajábamos.
Sori
María del Pilar González
Yo estaba en el campamento de Sorí y la profesora Farida estaba a cargo. Al llegar al lugar quedé sorprendida de lo lejos que se encontraba y sobre todo de que estaba en medio de la nada, aún así consideraba que era un lugar acogedor y algo en esa pequeña escuelita me hacía pensar que estaba en el lugar indicado. Con el paso de los días tuve la oportunidad de conocer a mis compañeros de campamento, a la profesora y a las personas que convivían día a día con nosotros y me di cuenta que a pesar de que muchas personas las pueden ver como desafortunados y que viven en miseria había algo en ellos que los hacía brillar y disfrutar la vida más que nosotros. Conocí a dos personas en especial, Coco y Chin Chin, ambos se encargaban de ayudarnos a trabajar, nos dedicaban su esfuerzo, su tiempo pero sobre todo nos brindaban su alegría y su deseo insaciable de terminar la obra. El primer día fue realmente tranquilo, ya que sólo nos dedicamos a armar los catres, acomodar la comida, acomodar el salón donde íbamos a dormir y a hacer la comida. El primer día de trabajo fue un desafío completo porque no estábamos acostumbrados a ese ritmo de vida y todavía manteníamos el recuerdo de cómo estaríamos en nuestras casas y no nos dábamos cuenta de la importancia que teníamos en ese lugar y lo mucho que significaría para Sorí ese salón. Con el paso de los días fui aprendiendo a convivir con mis compañeros, fui cogiendo el ritmo de trabajo y empecé a comprender la importancia de todo eso. Por supuesto que hubo varios desacuerdos y discusiones, como en toda familia, pero los fuimos superando poco a poco porque había algo más grande que nosotros mismos que nos unía y nos hacía trabajar, eso que nos brindaba fuerzas y ganas de hacer las cosas era el deseo de terminar y de dejarle algo a la comunidad, que para nosotros tal vez no era mucho pero para ellos significaba demasiado. Después de una semana de trabajo llegó el domingo, día en el que fuimos al campamento de Bonyic para ir a misa, compartir una comida, visitar su lugar de trabajo, estar con ellos e ir al río a relajarnos un rato. En nuestro tiempo libre nos dedicábamos a jugar dominó, cartas, voleibol, a hablar o hacer cualquier cosa que nos ayudara a pasar el rato. Hicimos un campeonato de dominó y jugábamos fútbol con las personas de la comunidad. La peor experiencia que tuve fue destapar el baño y el haberme clavado un clavo (valga la redundancia) en la mano derecha, pero puedo decir que cada cosa que viví valió la pena. Al final, con mucho esfuerzo y dedicación logramos llegar a la meta y terminamos el salón. A lo largo de mi vida mi papá siempre me ha dicho: “Hay una gran diferencia entre dar y darse”. En este campamento comprendí la importancia de estas palabras, ya que si se tienen las cosas materiales es muy fácil darlas y ya, se reponen o algo por el estilo, pero en servicio social no se trataba de cuánto teníamos para dar sino cuánto teníamos para ofrecer, se trataba de entregar nuestro esfuerzo y cariño y que este se reflejara en la obra que debíamos hacer. No importa si tenemos muchas o pocas cosas materiales para dar, lo más importante es cuánto estamos dispuestos a ofrecernos a los demás, a darles nuestro tiempo, cariño y esfuerzo para conseguirles algo que les ayude a vivir mejor y que mejor recompensa que el brillo de alegría que desprenden sus ojos al ver lo que hemos logrado, la forma en la que al agradecernos se desprenden lágrimas de sus ojos y cómo se nota el amor que nos tienen cuando nos abrazan. Lo que más admiro de estas personas es que a pesar de todo lo que puedan vivir ni por un momento los escuché quejándose de su vida sino mas bien se veía que a pesar de todo la disfrutaban, sacaban lo mejor de ella, mientras nosotros nos quejamos de cosas insignificantes y no nos detenemos a ver las cosas que realmente importan y aprendemos a valorarlas. Las personas que nos ayudaban a cocinar o a trabajar se levantaban todos los días temprano y cuando llegaban estaban con una sonrisa, un brillo en los ojos y el deseo de ser parte de todo el proyecto. No importa si tenemos poco o mucho, la felicidad depende de nosotros y de la forma en que veamos la vida.
Bonyic
Este año me tocó ir a Bonyic. Una comunidad alejada de todo, a mi parecer.
Cuando llegamos me sorprendió la amabilidad de las personas, que, sin conocernos, nos ayudaron con nuestro equipaje y a establecernos en la escuela que funcionaría como nuestro hogar por dos semanas.
El trabajo fue pesado, un tanque de agua para abastecer a la comunidad. Lo difícil no era el tanque, sino literalmente, el camino que recorríamos a diario para llegar a nuestro lugar de trabajo.
Me sentí melancólica la primera semana fuera de casa, pero viéndolo en retrospectiva, las dos semanas que pasé allá se me hicieron cortas al momento de regresar.
La experiencia fue nueva, era consiente de las necesidades de nuestro país, pero nunca pensé que fuesen a tal extremo. A pesar de no tener nada de lo que yo consideraba vital, todos en la comunidad vivían su vida felices, nunca se quejaban de absolutamente nada.
Aprendí a ser un poco más solidaria, a importarme por las necesidades de otros, a dar sin esperar nada a cambio, a no juzgar un libro por su portada, aprendí a ser un poco más humana y menos dependiente de lo material.
Puede parecer que fuimos nosotros quienes les dejamos algo útil a ellos, pero en realidad fueron ellos lo que nos dieron más de lo que podíamos imaginar.
Puede que en 20 años olvide muchas de las cosas vividas en esas dos semanas, pero nunca olvidaré el sentimiento de pertenencia que me hicieron tener hacia esa pequeña comunidad de la cual desconocía su existencia hasta el día de mí llegada a ella.
La Gruta
Andrea Ballestero
En el servicio social conviví muy de cerca con las personas que estaban en mi campamento y descubrimos que todos tenemos aptitudes que podemos desarrollar usar más adelante. Vimos de cerca las duras realidades que viven otras personas, lo difícil que es ganarse la vida y el mal que causa la ignorancia, es decir lo importante que es la educación. La vida es dura y hay que esforzarse por superarse, pero ayudando a los demás, porque también aprendimos que puede lograr mucho con trabajo en equipo. Si se es solidario y tolerante se puede trabajar rápida, fácil y eficazmente. Para que nuestro proyecto se pudiera realizar, se necesitó la colaboración de todos, de los profesores Alquímedes y Barbie, y el inmenso trabajo que hizo el Tío (el albañil); todos cumplimos con funciones importantes lo que permitió que se llevara a cabo satisfactoriamente. Me sentí muy orgullosa de mi campamento al ver que después de todo nuestro esfuerzo logramos culminar nuestra obra, a pesar de que casi ninguno había construido algo antes; y muy feliz porque ayudamos un poco a la comunidad. Carolina Carles
El día de partida estuve tranquila hasta que llegó la hora de ir a la escuela y enterarme en qué campamento había quedado, con quiénes y cómo sería el lugar donde pasaría las próximas dos semanas. Al llegar encontré a una de mis mejores amigas que me dijo que había quedado con ella. Me dijo que quedamos en la isla y que nuestro profesor era Alquimedes. Fui a la lista y me encontré con otros amigos que estaban felices de sus campamentos, otros tristes porque quedaron sin amigos, habían muchas emociones.
Llegamos y nos maravillamos con la belleza de la isla. El padre Victor nos dio la bienvenida nos llevó a la casa cural. Antes de partir el padre Victor nos había explicado a ambos campamentos nuestros proyectos. Nos dijeron que haríamos bancas, arreglaríamos las escaleras que estaban chuecas y tiraríamos techo sobre el altar.
Al llegar nos dimos cuenta que tendríamos que adaptarnos a las condiciones de la casa que estaba un poco deteriorada. El profesor nos alentó a continuar y a permanecer calmados. Todos fuimos bastante cooperadores a la hora de ayudar y a hacer de ese un mejor lugar. En los primeros tres días las cosas empezaron a tomar forma ya teníamos luz, bancas, y sillas.
Los días fueron pasando y nos fuimos haciendo bien unidos como compañeros. Aprendimos cosas de construcción y también sobre la convivencia con otras personas. Para divertirnos cantábamos, jugábamos charadas, escuchábamos música, jugamos dominó, era muy raro aburrirnos allí. El proyecto cada vez iba cogiendo más forma y todos estábamos orgullosos de lo que habíamos logrado en tan pocos días.
Nuestro maestro de obra, al cual llamábamos “tío” demostró ser una gran persona y muy paciente con nosotros. La profesora Lexis era muy divertida y cariñosa. Ella nos ayudaba en la cocina y la comida siempre quedaba rica. El profesor Alquimedes demostró no ser tan duro como decían; se encariñó con nosotros, era serio cuando debía y también sabía bromear (aunque no siempre entendíamos sus chistes).
La idea de irnos nos ponía algo tristes, ya que la estábamos pasando muy bien allá. El jueves estábamos listos para partir, hubo lágrimas, tristeza y emoción por regresar. Pasamos la noche en Changuinola junto con el otro campamento de la isla. Al día siguiente saludamos a nuestros amigos. Fueron buenos momentos verlos y darles un abrazo. Compartimos algunas de nuestras más locas historias y nos reíamos.
Fue una gran experiencia de la cual me siento orgullosa de haber participado. El padre Victor, el padre Martínez y el padre Roberto nos apoyaron en todo. Aprendimos mucho de otros y de nosotros mismos. Servicio social tal vez no nos cambió la vida, pero sin duda nos hizo mejores personas.
Tehobroma
Leira Bárcenas
Servicio social fueron las mejores dos semanas survivor de mi vida sinceramente creo que no pude haber quedar en un lugar mejor, n i con mejores compañeros, ni con un mejor profesor, ni siquiera con un mejor albañil. Esa sensación de felicidad al poder ayudar a que un niño coma, aunque solo fuera arroz con salsa que quedo de un pollo que no fue suficiente para tanta gente, puedes ver cómo aunque lo coman con las manos están felices y agradecen tanto por un plato de comida.
El hecho de que construyamos algo que para nosotros aquí en la cuidad es una simple acera, para ellos es la solución de no ensuciarse antes de ir a la escuela, el camino con el cual puedes jugar cuando vas a cargar galones de agua porque en sus casas no la hay, el palco vip de un juego de softball que se da todos los domingos y ese sentimiento de que hay, están marcados nuestros nombres y que podremos un día regresar y recordar tan hermoso sentimiento y por supuesto aportar más ayuda a esta gente, todo esto me lleno de tantas ganas de llorar cuando supe que tenía que dejar todo eso a lo que me había acostumbrado, para volver a mi cómoda casa con tantos aparatos que más que acercarte a personas que están lejos, te alejan de aquellos que están cerca.
Jamás voy a olvidar mi servicio social y llevare ese hermoso recuerdo el resto de mi vida, recordare siempre que, más delicioso que mi plato favorito que era la lasaña, siempre será ese arroz y pollo frito que hicieron las señoras de Tehobroma, no he encontrado quien lo haga parecido y espero no hacerlo, para así tener otra escusa por la cual ansío regresar.
Luis "Chamo" Castillo
Mi experiencia de SSA fue excelente. Tehobroma fue un gran lugar para aprender y ayudar, sobretodo por la cantidad de niños que había. Por mi manera de ser, sé que no pude haber sido escogido para un mejor campamento. Primero los niños, eran demasiados y sinceramente hacen el lugar especial. La escuelita donde nos quedábamos tenía esos rastros de felicidad donde esos pelaos pasaban tiempo aprendiendo y divirtiéndose. Nuestros compañeros del año pasado hicieron una cancha de futsal y los niños juegan ahí todos los días, y yo fui testigo de la alegría que les dio ese proyecto. Por ese motivo me entusiasmó hacer la acera, ya que no solo serviría de ayuda a los niños sino a toda la comunidad.
Mis compañeros y mi profesor (Edgardo o papá), fueron lo mejor de todo. Nos unimos, nos divertimos, amarramos y bromeamos de noche al que se dormía, birriamos dominó, fútbol, softball, volleyball(con la Puka y la Fula xD). Fueron dos semanas especiales.
Otra cosa que me gustó fue el poder regalar las cosas que llevé. Los pelaos que recibieron mi ropa(usada y sucia) fueron tan felices que yo no lo podía creer.
Soy afortunado de haber estado en esa comunidad, ya que considero que son muy luchadores y han sabido salir adelante en contra de muchas adversidades. Sé que nunca olvidaré los buenos momentos que pasé allí, pero sobretodo sé que ellos nunca olvidarán la huella que dejamos en Tehobroma. La acera y el puente Tehobrómico con sistema inmunológico universal jajaja.

